“El
hidrógeno de mis lágrimas lo fabricó el Big Bang; el calcio de mis huesos y el
oxígeno de mi sangre se cocinó en las estrellas”.
María
Teresa Ruiz, astrónoma o astrofísica o lo que sea y un montón de cosas más. Publica
estos días "Hijos de las estrellas”.
Cal
y arena, sin saber cuál es la buena. Se mezclan en el mortero. Las dos más algo
de agua. Agua, como el mar, como las lágrimas, como el sudor, como la saliva.
Agua. Hidrógeno y oxígeno. Cal, calcita, carbonato de calcio, CaCO3.
Grado 3 de dureza. Se puede rayar con una moneda de cobre. ¿Existen monedas de
cobre? ¿Existen todavía monedas hechas con un material cuyo precio es superior
al del valor facial de las monedas acuñadas con él? Arena, ¿qué es la arena?: sílice, generalmente en forma de cuarzo.
Cuarzo. SiO2. Grado 7 de dureza. Raya el vidrio. Eso es fácil, y
tiene algo de perro come perro, de arañarte a ti mismo, porque el cristal se
hace con silicio, ¿no?. Y luego, sí, el diamante, carbono puro, el más duro, que
sólo se raya – éste sí – consigo mismo. Y resulta que todos son esenciales: si
no tomamos suficientes, tenemos deficiencias funcionales, que no se recuperan hasta
que el elemento vuelve a estar en las concentraciones adecuadas. Sin esos
elementos, el organismo no crece ni se reproduce. Y esos elementos influyen
directamente en el organismo y en sus procesos. Y no pueden ser sustituidos por
ningún otro. Sin agua, sin cal, sin arena, sin diamante,
sin carbón, no somos, no hacemos, no crecemos, no vivimos.
Al final, ¿qué diablos se mide? “la oposición que ofrecen los materiales a
alteraciones físicas como la penetración, la abrasión, el rayado, la cortadura
o las deformaciones permanentes, entre otras”. Medimos eso en minerales
hechos de elementos químicos que son esenciales para la vida, esenciales para
nosotros.
Hasta el capítulo 7 de “Transit” de
Rachel Cusk, parece un mineral: inorgánica, cristalina, una lupa, una lámina de
cuarzo, casi de diamante. Sobrevuela sobre los demás, sirve como elemento de
refracción de sus situaciones, sus sentimientos, pero poco más, no interviene.
Hasta que, de repente, se rompe, y la palabra que usa es powerlessness, impotencia. Porque teniendo todos los elementos
esenciales, no sabe cómo seguir. Y ahora se encuentra, en ese capítulo, con un
hombre que decide volver a vivir encima de un momento anterior, en el que
sintió que había cometido un error. Él se lo explica después de una cena en la
que hablan de impotencia, de ira, de culpa, de pecado. Y después, lo que queda,
son las estrellas.

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